Nuestra Historia

La Congregación de las Religiosas de Jesús-María debe su existencia a la profunda experiencia del amor y la bondad de Dios que vivió Santa Claudina Thévenet. Nacida en Lyon, Francia, el 30 de marzo de 1774, su juventud estuvo marcada por las violentas repercusiones de la Revolución Francesa, especialmente por la ejecución de sus dos hermanos frente a sus ojos. Este doloroso acontecimiento la llevó a perdonar heroicamente, siguiendo el ejemplo de Cristo en la cruz, y abrió su corazón a las miserias humanas en todas sus formas. A partir de entonces, se dedicó a obras de misericordia, buscando acercar a Dios a quienes desconocían su amor.

Impulsada por esta íntima experiencia y consciente de las necesidades de su tiempo, Claudina se enfocó en la educación de las jóvenes, especialmente de las más pobres. Algunas compañeras, atraídas por su ejemplo, se unieron a ella. El 31 de julio de 1818, siguiendo las palabras del Padre Andrés Coindre: «Deben reunirse en comunidad», Claudina y sus compañeras se consagraron totalmente a Dios, centrando su misión en la educación cristiana de la juventud.

El 6 de octubre de 1818, en la colina de la Croix Rousse en Lyon, en la calle de Pierres Plantées, Claudina Thévenet fundó la Congregación, siendo elegida Superiora General. El 4 de febrero de 1823, la Congregación recibió su primera aprobación diocesana, insertándose oficialmente en la Iglesia y confirmando su misión educativa. Tras la muerte de la Fundadora el 3 de febrero de 1837, la Congregación continuó expandiéndose. En 1842, para evitar confusiones con otras asociaciones, adoptó el nombre de Congregación de las Religiosas de Jesús-María, siguiendo el parecer del Cardenal de Bonald. El 21 de diciembre de 1847, el Papa Pío IX otorgó la aprobación pontificia, reconociendo la rápida y notable expansión de la obra, especialmente en la India.

Gracias al carisma recibido por nuestra Fundadora, Santa Claudina Thévenet, la Congregación se ha extendido por todo el mundo. Hoy, en muchos lugares, se eleva la acción de gracias que brotó de su corazón en sus últimas palabras: «¡CUÁN BUENO ES DIOS!».

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