Dios siendo cómplice de mi felicidad

por | May 12, 2025

La historia de mi vocación parte de una intimidad profunda con el Dios que me habita. Mi nombre es Cristina y provengo de una familia católica por tradición. Estudié en un Colegio de Religiosas que fueron pilares importantes en mi vida de oración. Con ellas aprendí a centrar mi vida en Dios mediante la oración, silencio y los sacramentos. Más tarde en el catecismo descubrí que una forma de entregarle mi vida a Jesús era siendo catequista y podría ser misionera por momentos puntuales o siendo religiosa como la Madre Teresa de Calcuta.

Creo que nunca me llamó la atención casarme y tener hijos, porque era consciente de que esa vocación requería renunciar a mi llamado de ir por el mundo y anunciar el evangelio de manera radical. Es decir “dejándolo todo y siguiéndole”. Vaya atracción misteriosa para una niña de 8 años. En la adolescencia decidí ser catequista, visitar enfermos, asistir a misa,  entre otras cosas, pero aún no me sentía plena. Tuve novio, dejé la escuela, trabajé, no sabía que estudiar, era como una oveja sin Pastor, porque en el fondo sabía que el Señor me seguía llamando a algo más, pero no sabía que era.

Un buen día mi mamá me encaminó con las Religiosas para que me orientaran (acompañaran). Yo no quería ir con ellas, pero obedecí a mi madre y gracias a ello puede confirmar que el Señor si me estaba llamando a una Vida Religiosa pero no era el momento, ni era el Carisma y mucho menos la Espiritualidad. Lo lloré mucho porque en el fondo sentí como si lo hubiera perdido todo (el deseo profundo de entregar mi vida a Dios). Pasó el tiempo y un sacerdote me dijo: “ve con estas mujeres me caen bien y quizá con ellas descubras algo”. Y nuevamente obedecí (me dejé guiar). Resulta que estas mujeres eran las religiosas de Jesús-María, pero no usaban hábito, vaya sorpresa me llevé, porque toda la vida soñé con usar hábito. Sin embargo, el acompañamiento que recibí me hizo ver que lo que yo quería era una intimidad más profunda con el Dios que me habita, así que el hábito pasó a un segundo lugar. Más tarde decidí hacer una “experiencia”, es decir vivir con ellas en alguna de las comunidades, y para mi sorpresa desde que llegué a la comunidad me sentí en casa (experimenté paz).

¿Qué lindo no? Pero no todo es “felicidad y gozo”. Cuesta salir, salir de mis “seguridades” (hogar, amigos, familia, cosas materiales…). Duele dejarlo “todo” y seguirlo, porque somos personas con afectos un poco desordenados, puesto que muchas veces convertimos las cosas-personas en nuestro Dios, pero el silencio, la oración y el discernimiento siempre nos regresará al Centro, a lo esencial en la vida. ¿Porque de qué me sirve tenerlo “todo” si pierdo mi plenitud? En verdad les digo, vale la pena creer en algo y mucho mejor si es en este Hombre (Jesús) que quiere que seamos felices. Vale la pena apostar por el seguimiento a Jesús, vale la pena arriesgarnos a descubrir el plan de Dios en nuestras vidas. Pues toda vocación es un regalo, un llamado especial a dejarnos mirar y amar por el amor (Dios), y esta experiencia recibida transmitirla a los demás.

Pero saber qué quiere Dios para ti implica relación con aquél que nos llama, requiere orar, callar, discernir, confrontar y arriesgar. Hoy doy fe de que todo lo que he vivido me hace ser la persona que soy y agradezco cada herida, cada error cometido, sufrimiento no entendido, frustración no resuelta, porque en todo esto Dios ha estado conmigo, aunque muchas veces le renegué y reniego por no haber estado.

Espero que quien lea esto pueda tener un poco de esperanza. Un poco más de confianza en este Dios que el mundo ha querido quitar por buscar sus propios intereses. Amigos como nos llama Jesús, el mundo de hoy nos ofrece muchos modelos a seguir y lo maravilloso de esta historia es que cada quien es libre de seguir a quién le plazca, pero ojalá podamos darle una oportunidad a Jesús de entrar en nuestras vidas.

 

—Cristina Sonda Góngora njm

 

Cristina

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